LA SANTA ESPINA

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En el momento de la expulsión de Banega, el Sevilla perdió la final. Fue el instante de La Santa Espina. Durante una hora tuvo al Barcelona absolutamente liquidado. No manejó el golpe final del ‘cachetero’. Perdonar a Messi, el dios del fútbol, es un pasaporte al infierno. Así ocurrió. No hay más historias. Ni siquiera pese a los estúpidos movimientos políticos que sólo se amparan en el talento de un jugador estratósferico, secundado por su santo lugarteniente Iniesta.

Decía un periódico deportivo barcelonés, subvencionado graciosamente por la Generalitat, de que los catalanes pitaron el himno español, con muchas ganas y denunciaban la censura de Telecinco. Ignoro el odio cerval que fomentan eso medios manchados políticamente. No hablaban de que los Tres Sudamericanos quizá estaban pensando más en la Copa de América,  que en la “puta Copa del Rey”.

LA SANTA ESPINA

Ni que el mediocre Luis Enrique no sabe hacer jugar a grandes jugadores con mayor velocidad de balón. El Barça del Niño Lucho jugaba más andando que que el Bayern de Guardiola, que ya es decir. El Barcelona daba la sensación de que había perdido el ritmo de la competición en este par de semanas de parón.

No se hablaba de un Sevilla imperial, supremo, con ambición de campeón, estructurado tácticamente en calidad suprema con la inteligencia táctica de Emery. El Sevilla ahogó al Barça. Ningún equipo del mundo vi jugar de esa manera a los azulgrana. No fue suficiente.

Aún con el éxito de la Copa del Rey el Barcelona se ha convertido en una máquina de perder fieles barcelonistas. Casi ha dejado de ser el equipo favorito de la Liga española. Justo desde que un club, que debía ser de todos los catalanes, ha tomado partido por una bandera independiente. Lo más fácil para no sufrir tantas injurias, debería no jugar la Copa del Rey de España. Es muy fácil. Claro que dejaría de tener un enorme plantilla de estrellas, porque el presupuesto se le encogería como el alma. La “pela es la pela”.

Me contaba un amigo que hubiese sido maravilloso que la final de la Champions se hubiera jugado en Barcelona, como pretendió la directiva azulgrana. ¿La Generalitat hubiera prohibido un Camp Nou repleto de banderas españolas de los seguidores españoles del Madrid y el Atlético? Lo que ocurre es que el nacionalismo es irracional por definición.

En el delirio onírico de los independistas he llegado a leer que el maravilloso ballet que baila el Barça con la preciosa sardana La Santa Espina en bastante más bello que el mismísimo ballet de El Lago de los Cisnes de Chaikovski. Trago saliva. Una Santa Espina que fue prohibida por las dictaduras de Primo de Rivera y Franco. Pero les recordaría cómo los fantásticos Relámpagos se burlaron de la censura franquistaa con su magnífica versión instrumental, “porque somos y seremos gente catalana, tanto si se quiere como si no”, como dice La Santa Espina.

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