LöW, BAJO SOSPECHA

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Los alemanes son muy estrictos. A Karl Marx, Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche los llamaban “los maestros de la sospecha”. La misma sospecha que muchos críticos del Bild empiezan a expandir de Joachim Löw, el cavernario escatológico y rey de los mocos, amén de campeón del mundo.

La selección alemana, la selección favorita, está ya bajo sospecha. Götze es un fracaso como falso delantero centro. Guardiola le dejó con kilos de más, porque no jugaba mucho. Khedira y Kroos no controlan el juego y Özil no es el cerebro, deseado intermitente. Con Müller en una banda y mi querido Julian Draxler sin querer convertirse en una estrella, Alemania ha entrado en un problema existencialista.

No es posible que después de cuatro años sin jugar un partido oficial, Löw pretenda que el larguirucho Mario Gomez se convierta en la panacea del éxito. No es ni creíble esa suposición, esa estrategia del miedo, del abismo ante la falta del gol.

Por otra parte, Polonia ha crecido una enormidad en el fútbol actual. Ahí tenemos el caso sustancial de Krychowiak, un todoterreno que cubría más campo que Khedira y Kroos juntos. Lewandowski está especialmente fundido por el esfuerzo en el Bayern. Hay un jugador que me encanta, que se llama Milik y que tuvo en su mano tirar a la poderosa Alemania desde la torre Eiffel. Pero falló estrepitosamente. Cuando una selección no favorita disimula con él éxito se queda a las puertas de una gran hazaña. Polonia pudo soltar una carcajada y se conformó con el esbozo de una sonrisa , tras el pírrico empate.

No diré que vaya a negarle un “más allá” a la Nationalmannschaft. Sí diré que esta Alemania es la que menos me gusta de los últimos ocho años. Es curioso que como le ocurrió a Del Bosque con los suyos, a Löw se le empiezan a quedar viejos Khedira, Özil, Muller, Kroos, todos los dioses de un equipo casi imabatible. Suele pasar, de cómo las decadencias condenan, cuando el pronóstico ni se disimula. Los dioses del fútbol se mueren poco a poco, languidecen. Y seguro que Löw ya ha entrado entre los sospechosos comunes, aquellos a los que Claude Rains exigía detener en la imborrable Casablanca.

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