RAÚL REAL MESSI

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Batir el récord de Raúl ha sido como cruzar la calle Lendra de Nicosia, la única ciudad del mundo en la que una pequeña franja divide dos países: Chipre y Turquía. Hay que ver esa línea verde que divide dos mundos absolutamente diferentes. Tan diferentes como el mundo blanco de Raúl y este azulgrana de Messi.

La propaganda sobre Messi con dos récords consecutivos parece diseñada por una campaña de marketing ejemplar de cara al Balón de Oro, certificación sacrílega de un juego que es absolutamente coral y corporativo. Pero tras su parábola retórica a un diario argentino, parece como si el Barcelona hubiera preparado las sinrazones de la discordia. ¿Puede perder ese puñetero balón dorado un jugador que ha batido el récord de goles la Copa de Europa y el torneo donde juega, la Liga? De forma artera, Ronaldo está imposibilitado de plano para siquiera igualar, a menos que en Basilea y frente a los búlgaros se proclame como el mayor mago goleador de la historia del fútbol.

Messi sabía que Nicosia era su paraíso goleador. Lo intuía, lo presentía y apostó por jugar por la banda, donde hace más daño. El Apoel es un equipo que certifica la asquerosa diferencia millonaria en esta Champions, a la que se le debe buscar otra jungla, otro espectáculo para que no ocurran semejantes escenas de ridículo como protagonizó el Apoel.

Da igual. El Barcelona no juega a nada, pero tiene a Messi. Basta. Incluso Luis Súarez empieza a elevar la proa como la eversión de un submarino que ha estado en las profundidades durante los últimos meses. También en Nicosia, Luis Suárez volvió a respirar aire puro, el oxígeno del gol. Así que dan igual  las tribulaciones del mediocre Luis Enrique. Luis Suárez le va a ayudar una enormidad, aunque cometa barbaridades, una tras otra, con esa absurdas rotaciones de jugadores, como si el fútbol fuera baloncesto.

Aunque ya llegamos a un acuerdo para señalar que a falta de personalidad, de talento, la única condición que le queda para disimular su corto recorrido técnico es llamar la atención, con gafas oscuras, sentarse encima de un balón o dejar en el banquillo a Neymar. Cosa que no haría jamás con Messi, porque sólo aquel gesto de querer quitarlo, casi le cuesta un enorme disgusto, aunque los jugadores ya saben qué tipo de meritorio tienen en el banquillo.

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